Samsara
En esta vida moderna, donde la tecnología avanza descontroladamente y la ciencia y las matemáticas cada día nos revelan los misterios de la vida creemos que ya todo lo sabemos y que no existe otra ley en este mundo que la misma lógica y no hay otra dimensión que esta cruda realidad. Solo puedo decirles, antes de empezar a contarles mi historia: que no siempre las mentiras nos sumergen en un hoyo, sino que, en veces, siendo un placebo nos obligan a cambiar. Hoy es mi último día de vida y quiero dejar esto para quien lo encuentre. No es una carta suicida, es una despedida.
Recuerdo que llegaron las vacaciones de invierno, casi un mes de no ir a trabajar. La vida se vuelve agotadora cuando solo te levantas con ese olor a cama creyendo que no hay nada qué hacer y pensando en qué quieres hacer, casi nunca hacemos esa parte, la cual parece la única interesante. Tomas el desayuno, ves televisión por más de dos horas, crees que te entretienes con una película romántica que solo hará que quieras estar con alguien o vomites emocionalmente si te crees de lo más rudo. Todo se convierte en un círculo deforme hasta que una mañana te paras con una explosión de humor y le gritas al espejo, lo rompes, luego te deprimes y luego dices: “eso no me dará siete años de mala suerte, solo una cortada que debo atender…” después de todo, un poco de mala suerte al menos me daría algo nuevo de qué quejarme. Lo malo es que ni siquiera me corté, ni rompí el espejo y la única razón por la que grité fue porque no sabía qué hacer con esta vida baldía.
Una mañana, después de tomar un desayuno ligero, el mismo platillo de ayer, me asomé por la ventana como si hubiera algo interesante afuera. La ventana estaba llena de vaho y me puse a hacer dibujitos sin sentido, luego los borré con la mano y vi que la calle estaba vacía –hace mucho que le he perdido la simpatía a la gente- eso me pareció relajado y salí a caminar. Tomé algo de dinero por si se ofrecía y ropa abrigadora.
Cerré la puerta y vi mi llavero columpiarse… era uno de esos que te regalan tus parientes cuando van a Acapulco y no te invitan, decía: “Mis tios fueron a Acapulco y no’mas me trajeron un pinche llavero”… Además de feo tenía mala ortografía y los que me lo regalaron ni eran mis tíos, ni siquiera mis amigos. Lo arranqué y lo arrojé lejos –se fue al patio de la casa vecina, no sé quién vivía ahí. Después de este detalle absurdo pero relajador emprendí una marcha al libre albedrío.
Caminé sin fijarme por dónde iba, mí vista solo veía el frente, los letreros, la orilla de la acera y el piso –para evitar ensuciarme el zapato, odia lidiar con esos montículos, saben de qué hablo- y así hasta que llegué a un parque con bancas de vista hacia los niños y me senté. Al fin alcé la vista y un árbol seco se anteponía a la niebla en un collage urbano con cables de luz y teléfono con pájaros parados. Contemplé esta imagen por un tiempo del que no tengo idea y vino un recuerdo a mi mente, se trata de un sueño donde viajaba en un tren y miraba por la ventana, era esa misma imagen pero a bordo de un tren. Me levanté despacio y me fui a la primera estación de trenes con la que tropezara.
Al fin llegué a la estación de trenes y tomé el tren más pronto a salir. Estaba tan cansado de toda la rutina que hasta el hombre de la taquilla me pareció aburrido. El tren que tomé no sé ni a dónde se dirigía. Solo sé que ya estaba ansioso por ver qué pasaría en el tren. A no mucha distancia divisé el vapor y todos levantaban sus maletas enormes, yo no llevaba más equipaje que lo que llevaba puesto.
Cuando abordé el tren y buscaba un lugar pegado a la ventana, -de preferencia sin alguien a mi lado para que evitar que se quedara dormido en mi hombro - vi que la mayoría de las personas ya eran viejas, unos platicaban de malas experiencias en aviones, otros ni siquiera se habían molestado en intentar tomar uno… “Prefiero llegar en 6 horas a que unos terroristas me estrellen en un rascacielos”… eran muy “vintage”, sobre todo con esas maletas de piel tan refinadas y esos sombreros de copa que se quitaron al sentarse junto con el saco, esos eran caballeros. Ver esto ya me parecía nuevo.
Al fin un asiento para mí, junto a la ventana, sin compañía. Con mucho gusto me senté y me recargué para estar cómodo, el asiento olía a cuero, un cuero ya viejo y un poco húmedo; suspiré mientras cerraba los ojos un breve instante y a las 5:00 en punto de la tarde el tren se dispuso en marcha… no pasó mucho cuando empecé a ver imágenes bellas: casas de madera abandonadas, árboles secos entre los cables, pájaros volar, montañas, enormes acantilados… todo cubierto de una delicada niebla de invierno. Estuve mirando por la ventana cuando el tren pasaba junto a una casa vieja cuando una voz me saludó: <”buenas tardes”>. Era un hombre con anteojos grandes, viejos y redondos; llevaba un sombrero café y un modesto traje de un café más obscuro que el sombrero. Pintaba ya unas canas aunque estaba ya calvo y solo se veían unos puntos blancos de cabello. -¿Me permite?- dijo con amabilidad. Asentí con la cabeza y se sentó a mi lado. Nos miramos por un momento, le sonreí y volví la vista a la ventana. Durante ese momento sentí un silencio incómodo y decidí voltear a ver si no me estaba mirando. Ahí estaba él, esperando entablar plática, cuando de pronto rompió el silencio con su voz suave diciendo:
-¿Hacia dónde se dirige?
-Ah, solo viajo para entretenerme, bajaré hasta que el tren se estrelle o llegue a la última estación. Lo que pase primero- Solté una risa como esperando a que se riera.
-Ya veo- dijo mirándome con los ojos entreabiertos y meciéndose un poco en el asiento con las manos en sus rodillas, sostenía un libro y su abrigo –usted es muy irónico- y sonrío.
- ¿Usted cree?- dije levantando las cejas –Sí, jaja, su humor me agrada- dijo sonriendo - ¿Le gusta la música?
-Sí. Por supuesto
-¿Le gusta el Jazz?
-Sí, me inclino por el free-jazz y el “Doo Wop”. Me gusta mucho Anthony Braxton.
-¡Magnífico! Lo vi una vez en México. ¿Le gusta John Coltrane?
-Sí, aunque no lo he escuchado suficiente-
Y el silencio incómodo volvió por un momento y volví la mirada a la ventana. Estaba ahora empañada y me puse a hacer de nuevo dibujitos, cuando el cristal quedó limpio rompió el silencio con otro comentario.
-¿Conoce usted sobre budismo o hinduismo?
-No mucho, solo he escuchado sobre el Om
-Sí, sé de qué habla. Pero precisamente acabo de leer algo que me gustaría contarle. Es muy interesante. ¿Sabe? Vivimos dentro de un círculo de reencarnaciones, es decir, morimos y renacemos, en cualquier cosa, incluso en piedra, se le llama el Samsara o vida terrenal. Hay un punto donde ese ciclo se rompe al morir y es cuando se llega a la iluminación o Nirvana, pero es algo muy difícil de alcanzar, a los mismos maestros tibetanos les ha costado muchos años de constante dedicación. Debe ser maravilloso llegar al Nirvana, ¿no cree?...
-Seguro que sí- interrumpí
- …Sí… ¿Sabe? Aún así hay maestros tibetanos a punto de alcanzar el Nirvana y rezan por reencarnar en un infierno, solo para ayudar a las personas que están sufriendo ahí y liberarlos. La ayuda es primordial en su religión. Aún no sé mucho. A veces creo que más vale ayudar a las personas y llevar una moralidad recta, como dicen los Vedas… son escrituras sagradas hindúes.
Me quedé asombrado de tan interesante plática, qué realmente aún parecía un monólogo. Y me surgió una pregunta, de verdad quería cultivarme.
-¿Qué hay si no llevamos una vida recta? ¿Reencarnaríamos en un pobre, un enfermo o algo así?
-En efecto, solo que reencarnaríamos en lo que es un infierno, que son muchos. Uno llega a infiernos distintos según lo que fue en vida, que evidentemente fue malo, son lugares crueles. Por ejemplo, hay uno donde si tuviste apego hacia algo, fuera tu pareja, el dinero, lo que fuere, te vas a un infierno donde hace un frío cruel y te paran al pie de una montaña enorme y en la cima está aquello a lo que le tuviste apego. Entonces, como quieres eso porque lo adoras, subes, y al llegar a la cima, ya no hay nada de eso y aparece al pie de la montaña. Entonces escalas y bajas eternamente hasta que aprendas la lección y te liberas. Pero, como le repito, hace un frío cruel y la montaña no es fácil de escalar, ya que en el camino hay navajas enormes, le caen piedras, quema, en fin, es un sufrimiento horrible.
Yo me quedé callado por un momento, sentía los ojos abiertos como queriendo sacarlos de sus cuencas, y estaba boquiabierto, sentía el aire entrar en mi boca. Reaccioné cuando el aire golpeó uno de mis dientes con sensibilidad. Y dije:
-Me alegro de haberme encontrado con usted, más vale llevar una vida recta, al menos ante los ojos de nuestra moral, que ojalá sea correcta. Realmente todo esto de lo correcto es muy ambiguo, cuestión de costumbres, en fin, más vale portarse bien para no ir a un infierno. Podríamos morir el mismísimo día de mañana.
-A propósito... - me dijo – Ya que toca usted ese punto, conozco un pequeño juego de calculadora, pero… no es para cualquiera, porque además de ser difícil no cualquiera se atreve a jugar, muchos no saben tomarlo como se debe.
-¿De qué juego podría tratarse?- a fin de cuentas es solo un juego – ¿Por qué no me lo muestra?- Con esto de las cosas misteriosas soy muy curioso, además supuse que se trataba de un simple truco del que solo alardeaba porque quizá no se lo sabía.
-No amigo, de verdad, no lo haré- dijo tranquilo
-Vamos, o es que no lo sabes-
-Por supuesto que lo sé. Es más, lo aprendí en un libro de alquimia hace muchos años- dijo como tratando de convencerme. Yo no sé nada de alquimistas, por eso no le pregunté de quién se trataba, de todos modos no sabría de quién se trata. Y después de insistir como un niño accedió.
-De acuerdo, lo haré- dijo exhalando como quien pierde un poco la paciencia –Dígame su fecha de nacimiento- dijo mientras sacaba una pluma y una hoja amarilla.
–veinticinco de julio- le dije mirando sus notas. Solo anotaba números, así me fue preguntando, el año en que nací, cuántos hermanos tengo, la edad de mis padres, la edad de a la que murió mi último pariente fallecido, etcétera. Después de anotar todo hizo unas operaciones en la calculadora y finalmente me dijo:
-Veamos, su número es: 19012010- Me lo mostró en su calculadora, lo escribió en un papel y me lo dio.
-Y… qué significa eso- dije señalando con un gesto pequeño
-Es la fecha de su muerte- Esta afirmación me puso frío y sentí como se me movía el suelo del tren, seguro me puse blanco –Se lo dije, no todos lo toman con calma- Pasaron unos segundos cuando pregunté titubeando un poco:
-Pero, solo veo un diecinueve millones doce mil doscientos diez, qué significado tiene eso, ¿cómo es una fecha? O son los días que me quedan, ¿qué es?
-Verá, no precisamente son los días que le quedan, aunque podría coincidir. Mire, si separamos la cifra cada tres dígitos obtenemos una fecha: 19, 12, 2010, que está acomodado por día, mes y año. Es decir, diecinueve de diciembre del dos mil diez- Asentí con asombro.
– ¿Qué día es hoy?- le pregunté
-Déjeme ver…- dio un vistazo a su reloj -3 de enero… del 2008-
-Poco menos de 3 años- le dije muy natural. Toda su explicación en ese tono tan amable me hizo olvidar que se trataba de la fecha de mi muerte.
-Veo que ha tomado la fecha de su muerte con mucha tranquilidad- No debió decir esto, porque me volví a poner blanco y sentí un frío que recorría todo mi cuerpo. Recordé que moriría en menos de tres años.
-¿se encuentra bien?- me dijo tocando mi hombro
-Sí, sí, claro- parece que me lo creyó, la impresión aún me tenía algo pasmado.
-De acuerdo, ya bajo en la próxima estación- Y empezó a recoger sus cosas y ponerse el abrigo –Hasta pronto- me sonrió y me tendió la mano para despedirse –Un gusto conocerlo- dijo finalmente, el tren se detuvo y bajó del vagón. El tren reanudó la marcha y marchamos.
Seguí su trayecto con la mirada y cuando se perdió de mi vista dejé salir un suspiro, me recargué en el asiento y volteé hacia la ventana y mientras el tren avanzaba tuve una interpretación de lo que estaba haciendo. Mientras yo me detenía a mirar cómo pasaba el recorrido del tren estaba dejando pasar mi vida en un estado contemplativo, solo razonando, reflexionando, pero sin actuar. El paisaje era hermoso, como la vida misma, pero jamás me bajé a observar qué había dentro de aquella casa abandonada que vi; cuál sería la sensación de escalar ese acantilado para después contemplar, solo por un íntimo instante, toda esa perspectiva nueva que son las alturas. En realidad había visto sin observar muchas cosas de mi vida, cuándo miré hacia atrás me di cuenta de lo mucho que aún me restaba por hacer y el tiempo tan corto que me quedaba por vivir. Bajé en la próxima estación para volver a casa en el tren de vuelta.
Cuando llegué a la estación bajé con calma y caminé hacia la salida, algo me impulsó, poco a poco, a acelerar el paso hasta que cuando me di cuenta estaba corriendo, me detuve y pensé: “Qué hago, debo avanzar con cuidado o podría tropezar” y caminé con calma; fue entonces cuando sentí que mi estómago rugía como un león y busqué algo de comida. Ya a punto de salir de las instalaciones de la estación encontré un pequeño local de revistas, que además vendía desayuno. Decidí entrar y dentro había unos gabinetes rojos muy “retro” y me dirigí a un mostrador con revistas y algunos libros. Para pasar el rato tomé un par de ellos, uno era una guía turística bastante gorda sobre la ciudad, tenía mapas, muchas fotos de varias épocas de la ciudad, historias sobre la ciudad, reseñas de museos y demás eventos culturales –comprendí por qué a veces los turistas conocen mejor nuestras ciudades que nosotros mismos- lo ojeé por mucho tiempo cuando llegó una mujer robusta pero con un aspecto muy amigable, que tenía los pómulos pronunciados y ruborizados, y una cara muy blanca. Le pedí un par de waffles con mermelada y un café express, ella marchó amable y miré mi otro libro. Este libro era un libro de arte. Era sobre pintura y había varios autores, unos clásicos como Van Gogh, Degas, Picasso hasta Pollock; había otros de Robert Motherwell, Demuth, O´Keeffe y Sheeler. Miré con cuidado cada cuadro y pasaba los dedos sobre la hoja como tratando de sentirlos… de repente me interrumpió la mesera con una voz amable y un perfume muy dulce que me alegró la merienda –que en realidad pedí lo que parece un desayuno, pero seguro no me lo restringieron como en los restaurantes normales. Esto me hizo sentir como si mi madre me hubiese cumplido con un pequeño capricho. Dejó el desayuno servido sobre mi mesa y olí cada plato como si fuera un muestrario de perfumes, que en realidad, era un juego de aromas que pintaban líneas suaves de colores cálidos sobre la atmósfera fresca y azul de la noche joven. Así disfruté mi merienda con un par de libros con mucho que admirar. Después de un rato fui a pagar la comida y las revistas.
Todo este contemplar y vivir esos momentos detalle a detalle parece que me tomó mucho tiempo, porque cuando salí del local y regresé a la estación de trenes, vi el reloj de la estación y eran las nueve de la noche con algunos minutos de más y fui a preguntar por el tren de vuelta a la taquilla. Me indicaron que saldría a las nueve y media, compré el boleto y noté que habían cambiado al hombre de la taquilla, este era más joven y lucía fresco, quizá no tenía mucho que había entrado; le sonreí y le di las gracias para ir a esperar el tren. Al fin dieron las nueve y media, el tren había llegado con anticipación y ya estaba listo para marchar, subí y tomé un asiento junto a la ventana justo como en el tren anterior. El sueño estaba por vencerme como una media hora después de abordar el tren y una señora me despertó un par de estaciones antes de donde yo bajaba, quizá la señora se temía que me bajara en una estación equivocada y supongo que me despertó en cuanto llego, cuando la vi aún estaba de pie con sus cosas en las manos y pidió sentarse junto a mí. Me platicó sobre sus dos hijos que están estudiando en la universidad, uno está a punto de terminar su carrera de médico y el otro quiso ser artista y se dedicó a estudiar artes visuales. Su mamá dijo que al principio no creía en que eso le fuera a ayudar en algo al muchacho, pero con el tiempo se dio cuenta de que el muchacho tenía talento y le estaba yendo maravilloso en la escuela. Al llegar a mi estación me despedí de la señora y les mandé saludos a sus hijos. Me dirigí hacia mi casa y tomé un taxi y le indiqué mi destino. Era un hombre católico, lo supe porque tenía un rosario colgando de su retrovisor y una estampilla de la Virgen de Guadalupe. Lucía triste y quizá necesitaba platicar con alguien. Como siempre sucede conmigo, jamás inicio las conversaciones, así que él comenzó.
-…Y… qué hace usted tan tarde fuera de su casa, joven- dijo mirándome desde el retrovisor
-Salí a pasear en tren y pasé a cenar en un restaurante rápido de la estación. Me alegra haberlo encontrado trabajando a tan altas horas- de pronto interrumpió con un fuerte estornudo –Salud- y me agradeció tallándose rápidamente la nariz y puso las manos en el volante otra vez – ¿Se siente usted bien?
-No mi amigo, me temo que no. Lo que pasa es que pesqué un resfriado… qué chistoso, de no ser por usted habría sido lo único que pescara- decía mientras me miraba por su retrovisor y sonreía.
- ¿Acaso soy su primer pasajero de la noche?
-Afirmativo joven. Pero es mi segundo turno, ya trabajé en el día, nada más fui a echarme una pestañita a mi casa y otra vez a chambear. Lo que pasa es que la situación está gruesa, a uno ya no le alcanza pa’ tragar como Dios manda. ¿Qué no?
-Pues la verdad que sí cuesta mucho trabajo mantenerse hoy en día. Yo vivo solo y tengo mi carrera pero a veces ni así alcanza- más que platicarle mi vida tenía más ganas de escuchar la suya.
-Ah, usted es profesionista. A qué se dedica
-Soy diseñador gráfico, me dedico a ilustrar libros infantiles, pero el trabajo ha estado flojo y me dieron unas vacaciones, creo que fue demasiado. Pedí trabajo en un periódico pero aún no me contratan.
-Huy, pues haber si no le toca “ruletear” como yo. Tuve que empezarle en el taxi porque nos hizo falta mi padre cuando estaba en la prepa y pues así es como mantengo a mi familia, ojalá mis chavos hagan carrera… perdone joven, dónde baja.
-Ah, déjeme en aquella puerta blanca, por favor.
-Órale pues “broder”. Que le vaya bien.
- ¿cuánto le debo?
- Son… cuarenta y dos pesos-
-Aquí tiene- y le di el dinero –Gracias, y dele saludos a su familia de mi parte- creo que me sentía de buen humor esa noche.
-Gracias a usted joven- y me devolvió mi cambio
Entré a mi casa y vi un tremendo desorden, había estado viendo películas por varios días y había botanas por todos lados. Había descuidado mi casa bastante. Quise ordenarla pero era tarde y yo ya estaba muy cansado, aunque satisfecho por haber hecho algo que me salvara de seguir haciendo de mi casa un santuario de la desesperación. Me dirigí al refrigerador para tomar un vaso de leche y al terminar el vaso y me dirigí a mi cama, “estoy muerto” pensé en sentido figurado; después recordé lo que me dijo el hombre culto del tren. Experimenté una sensación extraña, entre la alegría y la tristeza. Por un lado me sentía alegre de morir porque había aprendido a contemplar la vida como nunca, a vivir cada momento y quería saber qué habría más allá; pero, por el otro lado estaba triste, incluso asustado, porque en realidad sentía que había mucho por hacer, ver, oír, sentir, oler y disfrutar detalle a detalle, entonces le tomé un valor primordial a la felicidad y a la vida en general. Desde ahora mi vida no sería la misma. Reflexioné sobre lo que era en ese momento. Un hombre que vive solo, sin pareja, sin hijos, que se fue de casa para ser independiente y que solo trabajaba para comer y vestirse, para ser un grano de arena en el desierto de un mundo capitalista y el hombre que no solo se ha unido a la máquina, sino que se ha convertido en ella. Yo era parte de toda esa maraña de vida maquinal, inconsciente y material, había visto números en vez de sentimientos y gusto por mi trabajo, yo mismo lo había hecho mal solo para cumplir con el contrato y recibir mi paga. Ahora que había aprendido a escuchar y contemplar la vida con los sentidos despiertos, decidí actuar. Me fui a la cama con una tonelada de pensamientos que no me dejaron cerrar los ojos durante seis horas, en las cuales hice planes para cuando amaneciera. Pensé en todo, pintar cuadros, pintar mi casa, escribir cuentos, cartas a la familia, tenía que ordenar mis ideas y mi casa. No podía seguir con ese vacío en mi vida ante esa afirmación de mi muerte y esperé impaciente el siguiente día… o mejor dicho, el próximo amanecer.
12:17 p.m., abrí los ojos con mucha pesadez y vi entrar mucha luz por la ventana atravesando las cortinas blancas. Por un momento sentí ganas de llorar porque creí que estaba muerto y me encontraba en el paraíso, o quizá un infierno donde me haría miserable el ver cómo todos vivían en el paraíso mientras yo me limitaba a ser su bufón o su criado y ser miserable por el resto de mi muerte. Tal vez ese número, el 19012010, hablaba de los minutos que me quedaban por vivir o algo mucho menor. Ahí me quedé, asustado. Me levanté con cuidado de mi cama y cuando fui a la sala vi todo exactamente como la noche en que llegué, pero seguía viendo muchísima luz y caminé hacia la ventana para cerrar la cortina cuando al mismo tiempo paso entre mis pies descalzos un ratón azul y lo seguí con la mirada hasta la cocina y lo vi perderse entre la luz. Miré la luz como esperando a que saliera de nuevo y ver si de verdad era azul, se me hizo muy extraño y quería volver a verlo; alguien llamó a la puerta y naturalmente, fui a abrir. Cuando abrí la puerta un hombre vestido al estilo de “Reservoir Dogs” me empujó y me dijo: “¡levántate holgazán!” y me disparó…
Me levanté como en un shock y descubrí que había amanecido en el sillón, semidesnudo y con restos de comida en la boca y el torso. Me dolía la cabeza y tenía aliento a botana. Me enderecé y busqué mi pantalón del día anterior. Cuando lo encontré metí la mano en el bolsillo trasero, donde guardo casi todo y saqué un papel con el número 19012010. Sentí un frío tremendo recorrer mi cuerpo y volteé a ver la hora: 11:36 a.m., aún me sentía dormido y no supe hasta dónde fue real todo lo que recuerdo. Pero pensando en que ese número era la fecha de mi muerte, aunque asustado, llamé a la editorial para la que ilustraba los libros y pregunté si había algo nuevo. Me contestaron que había algunos libros infantiles que podrían interesarme y uno más sobre literatura hindú, pero que este era para tomar fotos, no para dibujar. “pero también sé tomar foto, además me interesa el trabajo” le dije al director de la editorial. “tendrás que hacer un viaje por toda la India, no hay problema, porque solo podremos pagarte tu material de trabajo, cámara, rollos, todo eso, tú sabes lo que necesitas…”. Después de haberlo negociado en su oficina –es mejor hacer esto personalmente- llegamos a un acuerdo y me fui a la India por un año y medio para tomar las fotos del libro.
Estando allá conocí a mucha gente de las tradiciones brahmanes, me hablaron de la creación del mundo según su perspectiva, medité con algunos grupos dedicaos a esta actividad, visité templos hindúes y unos cuantos más que ya estaban en ruinas. Vi representaciones de Brahma, Visnú y Shivá. Comí carne cruda y conocí otros lugares interesantes de la India. Conocí su industria del cine y me divertí con algunos actores cómicos. Me trataron con mucha hospitalidad y me quedé medio año más de lo que el contrato estimaba, más que nada para conocer sus tradiciones y su cultura. Parte de lo que ha sido mi vida hasta ahora, antes de morir ha sido inspirada por toda Asia. Desde esos momentos comencé a escribir, pintar, leer, aprender música, aprender idiomas; hice exposiciones de arte, participé en festivales, mi esfuerzo me permitió ganar premios y ayudé a mi familia y a quienes necesitaban ayuda, pero lo hice de un modo distinto, no como todos creen, sino que “les enseñé a pescar en vez de darles el pescado” así hice con quien pude hasta antes del día de mi muerte.
Ya pasaron casi tres años y es diecinueve de diciembre del dos mil diez, en efecto, hoy es el día en que muero y me iré a despedir al lugar dónde me di cuenta de lo que me hizo cambiar mi vida. Iré a la estación de trenes a la misma hora en que abordé y disfrutaré de lo que pueda y regresaré, si es posible, a mi casa para morir tranquilo. Por mi familia no se preocupen, eso está solucionado. Ya les heredé mis bienes (la casa era rentada) y me voy solo con lo que llevo dentro de mí –y no precisamente mis entrañas.
Epílogo
Acabo de regresar del tren y me tropecé con algo que me dejó atónito y no sé cómo sentirme ahora. Si feliz por lo que sé o incluso enfadado, sucede que volví a encontrar al hombre que me habló de hinduismo y el mismo que predijo mi muerte. Tuvimos un diálogo y vine volando a contárselos.
-Buenas tardes- dijo él
-¡Hola!... qué curioso, está usted aquí-
-En efecto- sonrío y se sentó junto a mí –sabía que usted estaría aquí, ¿sabe? Siempre pasa lo mismo y parece que hasta me lo sé de memoria.
-Qué, ¿qué sucedió? ¿Acaso alguna novela sub-literal lo ha decepcionado?
-…veo que usted ha cambiado un poco… Pero, no he venido a decirle eso, sino que vine a decirle algo que le interesa –me quedé pasmado y poco a poco fui recuperando conciencia y por un momento creí que todo esto se había tratado de un sueño neurótico y me dijo, así, frío y decidido –Hoy no es el día de su muerte- de pronto una sonrisa se dibujó en su arrugado rostro –noto en usted un cambio, y lo que pasa es que toda la gente acabó suicidándose o en manicomios por mi culpa, pero usted ha aliviado esa culpa al ver que usted lo tomó como debía ser… usted no murió, solo volvió a nacer.
Esa peculiar revelación me dejó callado y a punto de enfadarme, pero en vez de eso, solté una carcajada que asustó a toda la gente silenciosa del tren y le di un abrazo a este hombre y le agradecí aplicarme este placebo. Me despedí de él y bajé en la estación próxima para volver a casa. Al bajar de la última estación para tomar el taxi a mi casa había un organillero tocando su música y pidiendo monedas con su gorra. Le dejé una moneda que me sobraba y me dirigí a mi casa caminando para contarles esto.
Creo que me acostumbraré a reiniciar mi vida cada que esta pierda el sentido y jamás olvidaré lo contradictorio que fue la predicción de mi muerte y cómo me hizo cambiar.
La Oveja Dinosaurio

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