Soy… digamos… un médico… cuyo nombre no les revelaré, pues el día de hoy me encuentro en un lugar desde el cual no podré darles consulta… pero he de decirles que mis pacientes me conocieron por mi métodos poco ortodoxos para curarlos. Algunas veces ni siquiera se han atrevido a llamarme médico, algunos me han llamado mago, curandero, brujo, loco, enfermo, orate… y un sin fin de etcéteras tanto ofensivos como halagadores.
Ahora que me encuentro fuera del ejercicio de mis servicios les contaré una historia, pues ya no me queda cordura suficiente, y me atrevería a decir que mi porción de lucidez es mínima. Este fue uno de mis últimos casos tratados, que digamos que funcionó casi a modo de conejillo de indias, pues experimenté con cerca de una docena de pacientes con el mismo método… pero sólo este me escribió sus resultados y seguimiento… es una persona sumamente aprehensiva y se toma todo muy en serio… le doy la razón: es un loco obsesivo.
Cuando se hizo mi paciente llegó a mí de unos veintitantos años, aunque a decir verdad lo sé porque me lo dijo, lucía bastante joven y hasta me daba cierto aire de adolescente. Llegó quejándose de una obsesión que le agobiaba… una obsesión por los traseros femeninos… y por los senos. Él dijo haber perdido la cabeza después de "haber perdido una enorme y lindo trasero"… yo supe exactamente a qué se refería.
Será que lo juzgué por la cara pero supuse que era un maniático sexual de esos que un día descubrieron que había mil maneras de tener sexo y parece que las había experimentado todas… como se había quedado con ganas y esa mujer ya no era más para él sufría ataques de ansiedad y ya tenía las uñas y el cabello hechos un desastre, así que -aprovechando que ahora está de moda el sufijo "terapia" para todo- le recomendé la masturboterapia.
Le dije: muy bien… te voy a recomendar que te masturbes, todo el día todos los días hasta que te aburras de ello. Le di una tarjeta con descuentos para una tienda de cine para adultos y amablemente lo despedí de mi consultorio no sin antes darle un par de palmadas en la espalda. Me senté un momento en la sala de espera y me partí de la risa hasta que unos colegas -lo supe por su uniforme blanco- tocaron a mi puerta y me llevaron a dar un paseo.
A juzgar por las cartas que me envió después con su seguimiento -el cual jamás recuerdo haberle pedido- este muchacho jamás se curó.
miércoles, 4 de mayo de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario